Todos deberíamos ser feministas – Chimamanda Ngozi Adichie

En últimas fechas pareciera que el tema del feminismo está vetado en las pláticas de café y que sirve para iniciar discusiones que giran sobre su propio eje. Crecí pensando en los puntos positivos del feminismo, agradecida por las grandes oportunidades que muchas antes de mí me permitieron tener el día de hoy. Sin embargo, me descubro a veces pensando en qué tan necesario es el feminismo hoy en día.

En un mundo y tiempo en el que el término “feminismo” viene plagado de concepciones negativas, encontré la conferencia de Chimamanda Ngozi Adichie, en la que la autora nigeriana nos brinda una serie de argumentos que sitúan al feminismo como algo necesario en la sociedad moderna que sitúa, también, a la femineidad y masculinidad como una construcciones complejas que necesitamos mirar desde nuevas perspectivas.

La conferencia puede verse en el siguiente video. Más abajo se encuentra una traducción de un fragmento de dicho material.


Las cuestiones de género importan en todo el mundo y hoy quisiera pedir que comenzáramos a soñar y a planear un mundo diferente. Un mundo más justo. Un mundo de hombres y mujeres felices que se mantengan fieles a sí mismos. Y así es como debemos comenzar: Debemos criar a nuestras hijas diferente. Debemos también criar a nuestros hijos de un modo diferente.

Les hacemos daños a los chicos con el modo en el que los criamos. Reprimimos la humanidad en los chicos. Definimos la masculinidad de una manera muy estrecha. La masculinidad es una caja dura y pequeña en la que los metemos.

Les enseñamos a los niños a tener miedo del miedo, de la debilidad y la vulnerabilidad. Les enseñamos a enmascarar sus verdaderos yo porque tienen que ser, en términos nigerianos, hombres duros.

En la secundaria, un chico y una chica salen, ambos adolescentes con poco dinero y, sin embargo, se espera que el chico siempre pague las cuentas para demostrar su masculinidad (y aún así nos preguntamos por qué los chicos son más propensos a robar dinero de sus padres).

¿Qué pasaría si los niños fueran criados para no establecer vínculos entre el dinero y la masculinidad? ¿Qué pasaría si la actitud al respecto no fuera “el hombre debe pagar” sino “quien tenga más dinero debería pagar”? Por supuesto, gracias a su ventaja histórica, lo más probable es que los hombres fueran quienes tuvieran más dinero el día de hoy, pero si comenzamos a criar a nuestros hijos diferente, en cincuenta o cien años, los hombres no tendrán la presión de probar su masculinidad con cosas materiales.

Pero, por mucho, lo peor que les hacemos a los hombres al hacerlos sentir que tienen que ser duros, es que los dejamos con egos muy frágiles. Entre más le hacemos sentir a un hombre que debe ser duro, más débil se vuelve su ego. Y es entonces cuando les hacemos daño a las niñas, porque las criamos para atender a débiles egos masculinos.

Enseñamos a las niñas a encogerse, a hacerse pequeñas. Les decimos: Puedes tener ambición, pero no mucha. Debes ser exitosa, pero no demasiado porque estarías amenazando al hombre. Si tú eres la proveedora en la relación, pretende que no lo eres, especialmente en público, porque estarás emasculando al hombre.

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Pero ¿Qué sucede si cuestionamos a la premisa misma? ¿Qué sucede si nos deshacemos de esa palabra (y no sé si haya otra palabra en el idioma que me disguste tanto como esta: emascular)?

Una amistad nigeriana una vez me preguntó si me preocupaba que los hombres se sintieran intimidados por mí. No me preocupaba en absoluto, ni siquiera se me había ocurrido preocuparme, porque un hombre que se siente intimidado por mí es justo la clase de hombre que no me interesa. Pero la cuestión me impresionó. Porque soy una mujer la gente espera que yo aspire a casarme. La gente espera que haga las decisiones en mi vida tomando en cuenta que el matrimonio es lo más importante. El matrimonio puede ser una cosa buena, una fuente de alegría, amor y apoyo mutuo. Pero ¿Por qué les enseñamos a las niñas a aspirar al matrimonio y a los niños no?

Conozco a una mujer nigeriana que decidió vender su casa porque no quería intimidar a un hombre con el que tenía posibilidades de casarse.

Conozco a una mujer soltera en Nigeria que cuando va a conferencias usa un anillo de compromiso porque quiere que sus colegas -desde su perspectiva- “la respeten”. Lo triste de esta situación es que un anillo de compromiso realmente le otorga respeto automáticamente y que de no usarlo sería vista despectivamente (y todo esto ocurre en los centros de trabajo modernos).

Conozco mujeres jóvenes que han sido presionadas (por sus familias, amigos y en el trabajo) para casarse y que han sido orilladas a tomar decisiones terribles.

Nuestra sociedad nos enseña a que una mujer que no se ha casado a una determinada edad ha fracasado hondamente a nivel personal. Mientras que un hombre que no se ha casado a determinada edad es visto como alguien que no ha encontrado a la persona indicada.

Es fácil decir “las mujeres simplemente pueden decir NO a todo esto” pero la realidad es más complicada, mucho más compleja. Todos somos seres sociales. Internalizamos ideas a partir de nuestra socialización. Incluso el lenguaje que utilizamos ilustra esto. El lenguaje del matrimonio es casi siempre un lenguaje de posesión y no de compañía. Utilizamos la palabra “respeto” para indicar algo que las mujeres deben mostrar a los hombres pero que casi nunca los hombres demuestran a las mujeres.

Tanto hombres como mujeres utilizan la expresión “lo hice por la paz de mi matrimonio”. Cuando los hombres lo dicen, normalmente está vinculado con algo que de cualquier modo no deberían estar haciendo. Por ejemplo, algo que dicen a sus amigos en un tono exasperado, algo que prueba su masculinidad frente a ellos como “Oh, mi esposa dijo que no puedo ir al antro todas las noches, así que ahora, por la paz de mi matrimonio, sólo voy los fines de semana”. Cuando las mujeres utilizan el “lo hice por la paz de mi matrimonio”, frecuentemente tiene que ver con dejar un trabajo, un sueño o una meta profesional.

Enseñamos a las mujeres que en las relaciones, son ellas las que tienen que demostrar compromiso. Enseñamos a las mujeres a ver a las demás como competencia por la atención de los hombres (no en los trabajos ni en temas relacionados con logros personales, situaciones en las que la competencia me parece algo positivo). Enseñamos a las chicas que ellas no pueden ser seres sexuales en el modo en el que lo son los hombres. Si tenemos hijos no nos importa saber sobre sus novias pero ¿Saber de los novios de nuestras hijas? Dios nos libre (aunque esperamos que ellas traigan al hombre perfecto cuando llega el momento de casarse).

Controlamos a las mujeres. Felicitamos a las chicas por conservar su virginidad pero no felicitamos a los chicos por lo mismo (y eso me hace preguntarme cómo puede ser posible, dado que perder la virginidad es un proceso que usualmente requiere a dos personas de géneros opuestos).

Recientemente una mujer en Nigeria sufrió una violación grupal en una universidad y la respuesta de muchos jóvenes nigerianos, tanto hombres como mujeres, fue algo así: sí, violar está mal pero ¿Qué estaba haciendo una mujer en un cuarto con cuatro hombres?

Olvidemos, si es posible, lo inhumana que es la respuesta. Estas personas nigerianas fueron criadas para pensar en las mujeres como seres culpables por naturaleza. Y han sido criados para esperar tan poco de los hombres que la idea de verlos como seres salvajes sin autocontrol es de alguna manera aceptada.

Enseñamos a las niñas a avergonzarse. Cierra las piernas. Tápate. Las hacemos sentir que por haber nacido mujeres automáticamente son culpables de algo. Y es así como las mujeres crecen como seres que no pueden decir que sienten deseo. Que se silencian a sí mismas. Que no pueden decir lo que realmente piensan. Que hacen de la pretensión un arte.

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Conozco a una mujer que odia el quehacer pero que pretendía que le gustaba porque le enseñaron que para ser considerada una buena candidata a esposa tenía que ser, en términos nigerianos, hogareña. Y después se casó y la familia de su esposo comenzó a quejarse de que había cambiado. En realidad ella no había cambiado, simplemente se cansó de pretender lo que no era.

El problema con el género es que determina cómo debemos ser en vez de reconocer quienes somos. Imaginen qué tan felices seríamos, qué tan libres seríamos si fuéramos más libres de ser quienes realmente somos, si no tuviéramos que cargar el peso de las expectativas de género.

Los niños y las niñas son, innegablemente, biológicamente distintos, pero la socialización exagera las diferencias. Y después comienza un proceso profético. Tomemos el ejemplo de cocinar. Hoy en día es más probable que las mujeres, en general, realicen más labores domésticas que los hombres (limpiar y cocinar). Pero ¿A qué se debe esto? ¿Es porque las mujeres nacen con un gen que las ayuda a cocinar? ¿O es porque a través de los años la socialización les ha hecho ver el acto de cocinar como un rol que deben cumplir? Estaba a punto de decir que quizá es cierto que las mujeres nacen con el gen de cocinar, hasta que recordé que la mayoría de los cocineros famosos alrededor del mundo, son hombres (hombres a los que se les asigna el elegante nombre de “chefs”).

Yo solía mirar a mi abuela, una mujer brillante, y me preguntaba qué hubiera hecho si hubiera tenido las mismas oportunidades que los hombres durante su juventud. Hoy, existen más oportunidades para las mujeres de las que había en la época de mi abuela gracias a cambios en las normas y leyes, los cuales son muy importantes. Pero lo que importa más es nuestra actitud, nuestro modo de pensar. ¿Qué pasaría si la crianza de nuestros hijos estuviera más enfocada a sus habilidades que al género? ¿Qué pasaría si nos enfocáramos más en sus intereses que en el género?

Conozco una familia que tiene un hijo y una hija que se llevan un año de diferencia y que son brillantes en la escuela. Cuando el niño tiene hambre, los padres le dicen a la niña “ve y cocínale fideos a tu hermano. A la niña no le gusta cocinar pero es una niña y es su obligación ¿Qué pasaría si los padres, desde el principio, enseñaran a sus dos hijos a cocinar? Cocinar, por cierto, es una habilidad muy útil en la vida de un niño (nunca he creído que tenga mucho sentido dejar en manos de otros la nutrición propia).

Conozco a una mujer que tiene el mismo grado académico y el mismo trabajo que su marido. Cuando regresan del trabajo ella hace la mayoría del quehacer, lo que es una realidad en muchos matrimonios, pero lo que me sorprendió es que cada vez que él cambiaba los pañales de su bebé, ella se lo agradecía ¿Qué pasaría si ella viera como algo normal y natural el hecho de que él también deba ayudar en la crianza de su hijo?

Estoy tratando de desaprender muchas lecciones sobre género que internalicé mientras crecía, pero aún hay veces en que me siento vulnerable frente a las expectativas de género. La primera vez que di una clase de escritura en una universidad me preocupé, no por lo que iba a enseñar porque cuento con la preparación necesaria y tenía que enseñar algo que me gustaba. Estaba preocupada sobre qué vestir ese día. Quería que me tomaran en serio. Por ser mujer sabía que tenía que probar mi valor y me preocupaba que si lucía muy femenina, no sería tomada en serio. Moría por usar mi labial brilloso y una falda femenina pero decidí no usarlos. Me puse un feo traje muy serio y masculino. Lo triste del caso es que cuando se trata de la apariencia, nuestro punto de partida es el hombre, es la norma a seguir. Muchas de nosotras pensamos que entre menos femeninas nos veamos, más nos tomarán en serio. Un hombre yendo a una reunión de negocios no se preocupa por saber si le tomarán en serio por lo que está vistiendo, pero la mujer se preocupa por esto.

Desearía no haber usado ese traje horrible. De haber tenido la confianza que ahora tengo en mí misma, mis alumnos se habrían beneficiado más de mi enseñanza porque me habría sentido más cómoda y habría sido más honesta conmigo misma.

He decidido no disculparme más por mi femineidad. Y quiero que toda mi femineidad sea respetada. Porque lo merezco. Me gusta la historia y la política y soy feliz cuando soy parte de un debate ideológico. Soy femenina. Soy felizmente femenina. Me gustan los tacones altos y probarme labiales. Es bonito ser halagada por hombres y mujeres (aunque honestamente prefiero los halagos de una mujer con estilo), pero muchas veces uso ropa que a los hombres no les gusta o que no “entienden”. Uso esa ropa porque me gusta y porque me siento bien con ella. La “mirada masculina” como formadora de mis decisiones de vida es casual.

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El tema del género no es algo de lo que se pueda conversar fácilmente. Pone incómoda a la gente, algunas veces incluso la irrita. Tanto hombres como mujeres se resisten a hablar sobre género o se apresuran a desechar los problemas relacionados al género. Esto se debe a que pensar en cambiar el status quo es siempre incómodo.

Algunas personas preguntan “¿Por qué usar la palabra feminismo? ¿Por qué no sólo decir que crees en los derechos humanos o algo por el estilo?” Porque eso sería deshonesto. El feminismo es, claro, parte de los derechos humanos en general pero utilizar una expresión tan vaga como derechos humanos es negar el problema específico del género. Sería un modo de pretender que las mujeres no han sido excluídas por siglos. Sería un modo de negar que el problema de género afecta a las mujeres y que no tenía que ver son ser seres humanos, sino con ser una mujer humana. Por siglos el mundo dividió a los seres humanos en dos grupos y posteriormente excluyó y oprimió a uno de los grupos. Es justo que la solución a ese problema lo reconozca como tal.

Algunos hombres se sienten amenazados ante la idea del feminismo. Esto se debe, creo, a la inseguridad que provoca cómo se ve a los hombres, a cómo su sentido de valor personal es disminuido al no estar “naturalmente” a cargo como los hombres que son.

Algunos otros hombres quizá respondan diciendo: Okay, esto es interesante pero no pienso de ese modo. Ni siquiera pienso en cuestiones relacionadas con el género.

Quizá no.

Y eso es parte del problema. Que muchos hombres no piensan activamente sobre las cuestiones de género o ni siquiera notan el género. Que muchos hombres dicen como dice mi amigo Louis, que las cosas quizá fueron malas en el pasado pero que ahora todo está bien. Y que muchos hombres no hacen nada para cambiarlo. Si tú eres un hombre y entras a un restaurante y el mesero te saluda solamente a ti ¿A caso se te ocurre preguntarle “por qué no la has saludado a ella”? Es necesario que los hombres se manifiesten en contra de estas pequeñas situaciones cotidianas.

Dado que el tema del género puede ser incómodo, hay maneras en las que se limita la conversación. Algunos traen a cuenta la biología evolucionista y a los simios (como el hecho de que las simio reverencian a los machos y cosas por el estilo). Pero el punto es este: No somos simios. Los simios también viven en árboles y comen gusanos pero nosotros no.

Algunos otros dirán, bueno, los hombres en condiciones de pobreza también la pasan mal. Y es cierto. Pero de esto no se trata esta conversación. El tema del género y el de la clase social son diferentes. Los hombres pobres aún tienen ciertos privilegios relacionados con ser hombres aunque carezcan de los privilegios relacionados con la riqueza. Aprendí mucho sobre los sistemas de opresión y cómo pueden cegar a una temática frente a otra al hablar, por ejemplo, de hombres negros.

Alguna vez estaba hablando sobre género y un hombre me dijo “¿Por qué tienes que hablar de ti como mujer, por qué no hablar como un ser humano?” Este tipo de preguntas son un intento por silenciar las experiencias específicas de las personas. Por supuesto que soy un ser humano, pero hay cosas específicas que me suceden en este mundo por ser mujer. Este mismo hombre, por cierto, acostumbraba hablar de su experiencia como un hombre negro (a lo cual pude haber respondido ¿Por qué no contar tus experiencias como un ser humano o un hombre? ¿Por qué contarlas como un hombre negro?).

Chimamanda Ngozi Adichie

Pero esta conversación es sobre género. Algunas personas dirán “oh, pero las mujeres tienen el verdadero poder: el poder de la parte inferior” (Esta es una expresión nigeriana para designar a una mujer que utiliza su sexualidad para conseguir cosas de los hombres). Pero el “poder inferior” no es en sí mismo poder, porque la mujer que lo tiene en realidad no es poderosa, simplemente sabe cómo utilizar el poder de alguien más ¿Y qué sucede en caso de que el hombre está de mal humor, enfermo o temporalmente impotente?

Algunas personas dirán que la mujer está subordinada al hombre porque así es nuestra cultura. Pero nuestra cultura cambia constantemente. Tengo dos sobrinas hermosas de 15 años de edad que son gemelas. Si hubieran nacido hace 100 años hubieran sido asesinadas porque hace 100 años la cultura Igbo consideraba el nacimiento de gemelos como un presagio diabólico. Hoy en día esta práctica resulta impensable para los Igbo.

¿Para qué sirve la cultura? El fin último de la cultura es asegurar la preservación y continuidad de la especie. En mi familia soy la hija que más interesada está en conocer la historia de nuestra familia, de nuestra tierra y de nuestras tradiciones. Mis hermanos no están tan interesados en estos temas. Pero yo no puedo participar en las juntas familiares porque la cultura Igbo privilegia a los hombres. Así, pues, aunque yo sea la que está más interesada en dichos temas, no puedo ser parte de las juntas, no formo parte de las decisiones que se toman porque soy mujer.

La cultura no hace a las personas. Las personas hacen a la cultura. Si bien es cierto que las mujeres no han formado parte de la cultura, también es cierto que tenemos que hacerlas parte de ella.

Pienso muy seguido en mi amigo Okoloma (…) y estaba en lo cierto aquel día hace muchos años cuando me llamó feminista. Soy feminista. Y cuando aquél día busqué la palabra en el diccionario, decía: Feminista: Una persona que cree en la equidad social, política y económica de los sexos.

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Mi bisabuela, por las historias que he escuchado, era feminista. Huyó de la casa del hombre con el que no quería casarse y se casó con el hombre que ella eligió. Se negó, protestó y alzó la voz cuando le fueron refutados sus derechos a la tierra por ser mujer. Ella no conocía la palabra “feminista” pero eso no significa que no lo fuera. Más de nosotros deberíamos reclamar esa palabra. El mejor feminista que conozco es mi hermano Kene, quien es un hombre joven, amable, guapo y muy masculino. Mi propia definición del término feminista es una persona, hombre o mujer, que dice sí, hay un problema con el modo en el que entendemos el género hoy en día y debemos solucionarlo, debemos hacer mejor las cosas. Todos nosotros, hombres y mujeres, debemos hacer mejor las cosas.


Loops Sandoval
Loops Sandoval

Los Tigres del Norte me enseñaron todo lo que sé sobre la vida (Y la UNAM todo lo que sé de Comunicación). Me la paso entre la foto, la investigación y el Internet buscándome un nuevo modo de vivir. Tuiteo sin pensarlo mucho en @Loopsaurus y escribo sobre foto en Rawr Foto. Mis fotos pueden verlas aquí y acá.

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